
Normalmente yo no uso el metro. Mi vivienda principal está ubicada cerca del centro de la ciudad, lo que me da acceso directo a la avenida Urdaneta. Por allí pasan todas las camionetas que recorren esta ciudad, o por lo menos la mayoría. Pero siempre que uso el metro, se que en el viaje me espera vivir toda una experiencia.
Recientemente fue uno de esos días. Salí de mi casa y mientras caminaba hacia la avenida, trataba de decidir la mejor ruta. Escogí caminar las 6 cuadras hasta llegar a la estación más cercana a mi casa y emprendí mi viaje. Dos estaciones habían pasado y un grupo de personas subieron al vagón. A primera vista parecían ser familia, pero pronto me di cuenta de lo que me llevó a esa conclusión.
Hoy por segunda vez, es frustrado un intento de invasión a un edificio que queda a dos cuadras de mi casa. Las personas que realizaron la ocupación, dicen ser damnificados, lo que al parecer les hace sentir que deben resolver la necesidad de vivienda que afrontan por sus propios medios. Pero los vecinos no lo entienden así: “Son unos sin vergüenzas, unos delincuentes, unos bandidos... nosotros nos organizamos y logramos sacarlos”.
Con una enrome cantidad de corotos a cuesta se moviliza este grupo de personas como si fueran beduinos. Cestas plásticas llenas de enceres viejos, carteras enormes desgastadas y rotas que les sirven de maleta y su ropa y piel curtida, que me recordó a mi hermano menor cuando regresaba de revolcarse en la tierra del parque. Eran dos parejas jóvenes, una niña como de siete años y dos adultos ya entrados en los cuarenta, los que entraron al vagón del metro ese día. Se mantuvieron muy juntos y callados durante todo su viaje hasta la estación de Plaza Venezuela. Entonces me di cuenta que eran damnificados.
Año y medio aproximadamente es el tiempo en el que el gobierno espera haber solucionado la reubicación habitacional de los también llamados “refugiados”. ¿Podrán esperar tanto tiempo?, ¿podríamos nosotros?
0 comentarios:
Publicar un comentario